El primero del año

Posted on Ene 3, 2014 in Blog | 0 comments

No eran ni las 6 de la mañana cuando nos despertó un ruido fuerte, pero raro. Es triste decirlo, pero después de un par de años viviendo sobre una avenida nos hemos acostumbrado a los choques cerquita de casa.
Digo que sonó raro porque curiosamente no hubo el clásico chirrido de gomas. ¿Significará que ninguno siquiera trató de frenar?

 

Una foto publicada por Antares (@antares_chan) el

 

No se llega a «apreciar» del todo el golpe, pero por alguna razón me impresiona un poco todo lo que sangró el coche.
Ese quedó justo bajo mi balcón, el otro quedó frente a mi edificio:

 

 

Estamos a 3 de Enero y es el primer choque del año.
…Porque quisiera creer que no hubo ningún otro del cual me haya perdido, cosa que en realidad tampoco me sorprendería.

Nos mudamos a este departamento a finales de 2010 y ya van demasiados choques que nos toca ver. 

El primero fue una madrugada de verano en que me encontraba en la PC por no poder dormir. Escuché el choque y no iba ni a asomarme, pero recordé que teníamos el coche estacionado enfrente de casa y eso había sonado MOY cerca. Total ¿cuáles eran las posibilidades de que nos chocaran el auto estacionado?
Se ve que no tan bajas, porque me arrimé al balcón y vi como una Sandero toda estropeada estaba levemente apoyada contra mi viejo 147. A unos metros, una camioneta de Gendarmería.
Desperté al Dorima y fuimos a ver qué onda. Por suerte nadie se hirió (aunque el tipo de la Sandero estaba algo confundido) pero el resto de las circunstancias fue bastante patético.
El de Gendarmería no solo cruzó en rojo y embistió a la Sandero sino que tampoco tenía registro. Hubo que esperar un rato largo a que fueran a traer un superior, que respondiera por el chofer. Pocos meses después, cuando fuimos a hacer los trámites del seguro, nos enteramos que había dado mal varios datos sobre el choque.
¿Mi coche? Por suerte nada grave, aunque hubo que arreglar la puerta del pasajero ya que el toque la dejó algo trabada. El seguro cubrió prácticamente todo el arreglo.

El siguiente choque fue a principio de 2012, cuando una moto se comió mi edificio. Después de chusmearlo con la vecina, me enteré que los accidentados llevaban un fangote de guita y droga encima, y por esquivar o pasar una bicicleta, terminaron chocando al lado de la entrada de mi edificio. No solo se estropearon un poco (nada demasiado serio a simple vista) sino que rompieron un mármol en mi entrada que fue complicado de reponer. Por suerte el edificio está al día con el seguro.

El siguiente choque no nos tocó presenciarlo, pero quedamos enganchados como testigos (para la lectura de derechos y secuestro del vehículo) por estar llegando a casa. Al parecer una moto se habría comido una bici. Justo llegamos cuando se llevaban al motoquero al hospital. Según lo que nos dijeron las heridas no eran graves. Fue feo ver como detenían al chico de la bici (que quedó hecha pelota), que hacía delivery y tenía 18 años recién cumplidos.
Lo gracioso de este episodio fue que uno de los policías me preguntara si era mayor de edad. Está bien que estaba oscuro, pero como que yo estoy más cerca del doble que de 18.

El que le siguió fue el peor hasta ahora. Ese día el heredero salió temprano del jardín, pero al rato escuché muchos bocinazos desde casa. Dije «Otro choque» y mucho no quise saber… E hice bien en no querer asomarme en seguida. Cuando la curiosidad me ganó lo primero que vi fue un policía muy alterado guiando el tránsito a las puteadas. Me pareció raro, ya que los policías que he visto siempre fueron más bien insensibles (y con ese trabajo hasta que se entiende). Lo siguiente que vi fue la ambulancia y un charco de sangre que me quedó grabado en la mente. En seguida la ambulancia se fue y pude ver al chofer de un camioncito enfrente de casa, agarrándose la cabeza. «Ojalá no haya sido un chico» dijo Mr. Dorima.
Se llamaba Daniel y cursaba primer grado. Al parecer siempre volvía de la escuela con sus hermanos mayores. Jugando (o eso se cree) cruzó corriendo la avenida. Supe de su muerte esa tarde, a través del Facebook del colegio.

No recuerdo bien cuándo fue el siguiente, pero me deja contenta con el hecho de que el accidentado la sacó baratísima. Escuché un ruido raro y en seguida muchas puteadas. No sé qué habrá pasado exactamente, cuando fui a ver había un muchacho completamente sacado, que prácticamente le quería hacer frente a un bondi en una escena bien quijotesca. Cuando el bondi se fue (y el chofer no le dio mucha bola a la cuestión) vi la bicicleta del muchacho con la rueda de adelante completamente hecha percha. El estado de esa rueda me dio la pauta de lo que había zafado el pibe y por qué habría de estar tan loco. Estuve a punto de llamar a la policía, ya que el pibe estaba tan sacado que se puso a andar entre el tránsito, tirarle con la bici a los coches que pasaban (¡!) y darle una patada muy ruidosa a un quiosco cerrado.
Pronto el pibe se fue y dudé si bajar a sacar la bici del medio de la avenida. La realidad es que me dio mucha curiosidad ver cuánto duraría antes de que alguien se la llevara ya que al parecer el peor daño se lo llevó la rueda. Fueron 15 minutos en total entre que el dueño la abandonara, que un chico la acercara a la vereda y otro tipo se la llevara.

Estos fueron  los accidentes más importantes que llegué a presenciar, porque roces, ópticas rotas y retrovisores arrancados son cosa común en el cruce. Así las cosas hemos aprendido a no dejar el coche cerca de nuestra esquina. En especial las madrugadas de fin de semana, cuando la cosa empeora. Aun así, no puedo evitar sentir especial pavor cada vez que fallan los semáforos. En 2012 fallaron durante toda la última semana de clases, y unos días después también a pesar de haber hecho la denuncia en la web del Gobierno de la Ciudad y el 147.

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